#OrgulloMexicano. Construyen aula de plástico

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La maestra de primaria Diana Laura Cavazos junto con cinco de sus alumnos construyeron la primera aula sustentable del país. Un salón hecho de botellas de plástico que se alimenta de energía solar. Cuesta 70 mil pesos, es decir, 230 mil pesos menos que uno de concreto.

Diana es maestra de primero de primaria e imparte clases en el municipio de Matamoros, Tamaulipas. El proyecto surgió a partir de la iniciativa de su alumno Ricardo, de 6 años, quien es el niño más inquieto de su clase. Cuando la educadora Cavazos le propuso a la madre de Ricardo que fuera partícipe, ella dudó. “Maestra, pero Ricardo es muy inquieto, ¿cree que sí pueda?”, le preguntó. La profesora no titubeó: “Un niño inquieto hace al maestro, siempre es bueno”.

Diana decidió creer en el menor, puesto que no lo ve como un obstáculo. “Una de las problemáticas en México es creer que todos los niños inquietos sufren de déficit de atención”, lo cual niega el neurólogo Ricardo Sevilla Castillo. En muchas escuelas no les permiten la entrada o no les prestan la misma atención que a los niños que destacan en clase.

Una de las inquietudes de Ricardo es la cantidad de basura en Matamoros y las inundaciones que ocasiona; la mayor parte de los residuos son botellas de plástico PET, éstas están hechas de polietileno tereftalato, material que sirve de envase para productos, como jugos y refrescos, por su resistencia y peso ligero.

De acuerdo con la Procuraduría Federal del Consumidor (Profeco), las botellas PET tardan 500 años en degradarse. En México, 8 de cada 10 botellas no son reaprovechadas, la Comisión Especial de Desarrollo Sustentable de la Cámara de Diputados sostiene que de los 800 mil toneladas de envases utilizados, sólo el 15% se reciclan, a diferencia de otros países europeos donde reutilizan hasta 90%.

Con esta iniciativa, Laura participó en ‘Diseña el cambio’, una convocatoria a nivel nacional cuyo objetivo es que el maestro transforme su comunidad. La idea debe surgir de los niños y ser apoyada por los padres de familia. Además, en todo el proceso se involucra a la sociedad cercana a la escuela.

En un principio pensó en intervenir con un mural que reflejara los valores de la escuela, pero su alumno tenía un proyecto más ambicioso: “Un salón hecho de botellitas
de refresco”.

Los retos para diseñar el cambio

El salón no podía ser hecho únicamente de botellas PET, porque Matamoros se encuentra a 10 metros sobre el nivel del mar y el suelo no es firme. Para asegurar la integridad física de los niños, Diana buscó asesoría. En la ciudad, algunos arquitectos donan diseño, la profesora buscó uno dispuesto a ayudarle y así encontró a Rigoberto Leal Caballero, quien le advirtió de la dificultad del proyecto pero la animó a hacerlo.

Requerían 8 mil botellas de dos y tres litros con forma cilíndrica. Según Rigoberto las botellas de 600 mililitros no les servían, puesto que son muy pequeñas.

En septiembre de 2015, comenzó el sueño que por momentos fue una pesadilla. Afuera de la casa de Diana y de los niños, los vecinos y conocidos llevaban bolsas llenas de envases, de todos tamaños, sucias y limpias.

Ricardo y sus compañeros de primaria asistían a posadas como ‘meseritos’ para recaudarlos, e inflaron los aplastados. Durante este periodo juntaron aproximadamente mil botellas.

En un primer intento por conseguir botellas, Diana acudió a Coca-Cola y ellos le rechazaron la ayuda. La profesora se sintió derrotada pero no se rindió, después fue con Pepsi y no la dejaron pasar. En un último intento se dirigió a la empresa mexicana Big Cola, quien le brindó su apoyo. La empresa se comprometió a darle la merma de sus industrias en Puebla y Monterrey.

Cuando el proyecto estaba a la mitad. Coca Cola, quien en un principio se negó a brindar su ayuda, le dijo que tirara toda el aula y ellos asumían los costos para reconstruirla y le daban todo el material. Diana se negó a vender su proyecto: “Este sueño no se vende” dijo.

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Unió a la ciudad más grande de Tamaulipas

A Diana, sus padres siempre le enseñaron a tirar la basura en su lugar. Su padre murió cuando ella iba en la preparatoria, por eso su madre se hizo cargo de ella y de sus cuatro hermanos. En el momento de elegir su profesión se inclinó por la docencia.

Por los pocos recursos con los que contaba su familia, tenía que estudiar y trabajar. Fue educadora de kinder hasta que estuvo en la universidad.

Como es profesora de tiempo completo, Diana impartía sus materias de ocho de la mañana a las cuatro de la tarde y después juntaba las botellas con Ricardo, sus amigos y algunos padres de familia. Diana es madre de dos niños, e incluso sus hijos le ayudaban a rellenar las botellas con arena y materiales de construcción, para que fueran más resistentes y duraderas; además, le pidió comprensión a su esposo y él le dio todo su apoyo.

Los 36 niños de su grupo ayudaron a rellenar los envases con ayuda de sus padres; no faltaron la abuelita, el tío y los primos, todos convencidos del objetivo. Además, Ricardo y sus compañeros de clase elaboraron sus bancas con tablas y ropa usada que ellos mismos pintaron.

La educadora también organizó un reciclatón, donde una banda de Matamoros dio un show sin costo alguno para amenizar la recaudación. En este evento logró colectar 3 mil de las 8 mil botellas que necesitaba.

La educadora al ver que la cantidad de botellas necesarias era demasiada, también buscó apoyo de los medios locales de comunicación. Gracias a eso, logró conseguir el material. Incluso, uno de sus alumnos de preescolar se puso en contacto con ella para ayudarla.

La convocatoria fue muy grande y la cervecería Carta Blanca le propuso hacer el aula completamente de vidrio; aunque Diana los rechazó, no descarta la posibilidad de hacer más aulas. Además, Oxxo les donó los paneles solares, las baterías y la instalación, así se convirtió en un salón completamente funcional.

Los partidos políticos también la ayudaron, con mano de obra o en especie. La profesora nunca quiso recibir dinero, siempre pidió botellas, cal, cemento y todo lo que pudiera aportar al sueño de sus alumnos.

Su proyecto movió a Matamoros, la ciudad más grande de Tamaulipas: empresarios del municipio donaron todos los techos, gente mandaba camiones con arena y con blocks para la construcción.

 

El Ejército terminó de construir el aula

Diana y sus alumnos tenían cinco meses para hacer el salón, faltaba una semana y aún no estaba terminado. La docente fue con el Ejército y les dijo: “Ustedes están aquí para ayudarme, háganlo”. 80 jóvenes fueron a colaborar. Cuando el almirante conoció el aula, le dijo que era la más segura de Tamaulipas y probablemente del país, pues las botellas están rellenas con arena sílica, una mezcla hermética a prueba de balas. Un sábado por la mañana mientras construían el salón, ocurrió una balacera, el salón aún no tenía techo y “corrieron a donde pudieron”. La escuela Franklin D. Roosevelt, de donde es maestra, se encuentra en el centro de Matamoros, por su ubicación es vulnerable.

Los principales cárteles se pelean por la “plaza principal”, la delincuencia y el ajuste de cuentas es algo común para sus alumnos.

Según reportes del Semáforo Delictivo, Tamaulipas es el tercer estado más violento del país. Por eso la profesora quiere dar a conocer otra cara de Matamoros, “una más alegre”.

La maestra y sus alumnos confían en que su iniciativa se replique en todo el país, fueron uno de los ganadores a nivel primaria del programa Diseña el Cambio. No recibieron remuneración, pero el proyecto transformó la vida de Ricardo. “Estoy muy emocionado por ganar, pero también porque nuestro mundo no va a estar lleno de basura”, dijo.

Aunque la idea fue de Ricardo, el salón no hubiera sido posible sin sus amigos y el apoyo de Diana. Su alumno motivó a sus compañeros y a la maestra a crear el aula, un sueño que imaginó y que junto con su profesora se consolidó.

Actualmente a Diana la han invitado a participar en diferentes proyectos, como canchas ecológicas y le propusieron convertir el aula en una biblioteca de libros reciclados. Durante el proyecto, tuvo miedo, pero la unión la motivó a seguir adelante, “los maestros mexicanos somos guías para los niños, la escuela pública tiene la misma calidad que la privada y confío en mis alumnos como líderes de la transformación”.



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